Por lo que pudo ser y no fuimos.



Llevo negando lo evidente demasiado tiempo, y creo que la única forma de asumir que te echo de menos es escribiéndolo. He dejado de hablar de ti como si no hubieras existido en mi vida, para aparentar que te he olvidado, pero en realidad no lo he hecho. Realmente pensaba que esto se me iba a pasar en dos días, y ya van por dos meses. Echo de menos las mañanas entre risas, aquellas llamadas de teléfono donde no mirábamos la hora y esa cara tan fea que ponías cuando te daba un beso en la mejilla. Claro que te echo de menos, y claro que he tenido la tentación de intentar retomar aquello que dejamos. No voy a negar que he querido que me dieras aquellos besos que tenía apuntados en mi libreta, porque soy coleccionista de cosas sin sentido y ahora tengo trescientos cincuenta y un besos en aquella libreta, esa que no he vuelto a abrir desde que tú la cerraste por última vez aquella tarde de febrero. Por su supuesto, echo de menos tus besos, tus abrazos, y mirar otra vez los ojos más bonitos de Cádiz. Me hubiera gustado que nuestras circunstancias hubieran sido otras y que tu paciencia hubiera sido infinita. He pensado muchas veces en hacer uso de esa amistad impuesta, pero he decirte que si no era amor, tengo muy claro que tampoco puede ser amistad. Claro que te echo de menos, pero no te preocupes que no te lo voy a decir, porque sé que dejar ir a quien ya no quiere estar, es la mayor demostración de amor propio que existe. Porque una cosa es dejar las ventanas abiertas y otra, muy distinta, asomarse a esa ventana a llamar a gritos a quien se quiso ir por la puerta grande.
Claro que te echo de menos, pero no me preocupo por esto que me pasa, porque sé que me pasará, quizás no en dos días, ni en dos meses, pero se me pasará. Y es que quizás no se trata de olvidarnos, sino de seguir viviendo con los bolsillos cargados de experiencias.

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